sábado, 8 de noviembre de 2008

POLITICA Y BUKOWSKY


"La diferencia entre una democracia y una dictadura es que en una democracia primero votas y luego obedeces, en una dictadura no tienes que perder el tiempo votando."


Charles Bukowsky

EL PARAÍSO PERDIDO


EL PARAÍSO PERDIDO. MILTON

La primera aproximación que tuve a la obra de Milton fue una edición bilingüe del libro I que me regaló un amigo, se trataba de una de esas obras en las que el traductor erudito de turno se proponía, con éxito, eclipsar la figura del autor, si no en calidad, por lo menos sí en extensión, y conseguimos con esto una edición en la que el número de páginas firmadas por el traductor dobla el de aquellas en las que le es permitido expresarse al autor; de modo que cometí el craso error de pretender comenzar la lectura por toda esa ferralla de introducciones, biografías, notas y demás, en lugar de hacer caso omiso a las mismas, de lo que no pude conseguir extraer más que las opiniones del señor erudito, y sus ideas sobre las pretensiones de Milton y sobre el 'significado real' de su obra y... el resultado fue que para mí, un total desconocedor hasta entonces del poeta ciego, este se apareció (con o sin razón, eso es lo de menos) como un panfletista politizado con la por mí tan detestada intención de 'dejar algo escrito para la posteridad, algo que nadie querrá olvidar', es decir, la predisposición al intentar la creación de la obra, estudiando el efecto que se pretende obtener del público, cosa que, como he dicho, considero el colmo de lo censurable; todo esto fue la opinión que obtuve de ese libro y que me impidió comenzar siquiera la lectura del poema, después, leyendo a Borges, que siente gran admiración por el poeta inglés, pensé que hay que leer al autor primero, y luego juzgar su obra por uno mismo, actitud que siempre he practicado; los prólogos no deberían existir, el propio Borges, por otras razones sin duda, prefería con mucho el epílogo al prólogo, y creo que así es, la obra ha de hablar por sí misma, luego pueden ofrecerse interpretaciones que el lector puede o no afrontar; la responsabilidad de ese mismo epílogo ¿por quien deberá ser sostenida? No creo que nadie, a parte del propio autor o alguien cercano a su persona pueda señalar nada respecto a una obra.

La lectura de la obra de Milton, ya sin las trabas de opiniones ajenas, se me ha aparecido tal y como le corresponde, como un digno legado de la épica clásica, desde Homero a Virgílio hasta llegar a Dante; el papel del héroe Satán se me aparece como un sorprendente Aquiles o Ulises, un mítico guerrero que, enfrentado a la opresión del Tirano celestial pretende una venganza ejemplar; destacar la descripción de la batalla celeste, que rememora los pasajes de las monumentales luchas que aparecen en el Mahabharata; el personaje encarnado por Adán representa al hombre moralmente libre original, sin la limitación que la sociedad le ha impuesto y sin las trabas que la mujer le ha causado desde aquel momento; Eva es, pues, la encarnación de la mujer, con sus virtudes naturales y toda la carga de defectos que en ella podemos ver hoy día (sobre todo hoy día); en la época del paraíso, Eva respeta a Adán y lo admira como amo y señor, y este se siente naturalmente atraído hacia ella a causa de su belleza y sumisión, sin embargo ya entonces la mujer pretende revelarse ante la autoridad del hombre, al intentar demostrarle a Adán que puede presentar resistencia a la anunciada amenaza del poder del enemigo, Adán le responde así:

"Pero otra duda me sorprende, y temo

Que daño te suceda separada

De mí; pues ya sabes la advertencia que

Se nos ha hecho, y que un enemigo

Malicioso, que envidia nuestra dicha

Busca desesperado ocasionarnos

La ruina y el oprobio con artero

Ataque" (...)

(IX, 251-258)

aunque evidentemente Eva no desiste de su empeño y, empleando las artes que a la mujer les son dadas, convence al hombre para conseguir sus propósitos, siendo por fin tentada por Satán confundido en el cuerpo de la serpiente; la descripción que se hace de la vida cotidiana en el paraíso es pareja a la tradición bíblica, y nos habla de la abundancia de frutas y plantas, así como de animales, todo ello en pacífica armonía, no existiendo aún la mutabilidad y corruptibilidad de los cuerpos, ni la agresividad entre las especies; sin embargo es notorio el tratamiento que Milton hace de la relación primera entre Adán y Eva, al presentárnoslos como una pareja ideal en la que la relación amorosa es insinuada como algo más allá de lo aceptado por las rígidas normas religiosas de la época de Milton y de la nuestra propia:

"Esto fue lo que juntos pronunciaron,

No observando otros ritos que no fueran

Adoración, que es lo más grato a Dios,

Y cogidos de la mano se allegaron

Al íntimo rincón de su cobijo;

Y dispensados de quitarse estos

Enojosos disfraces que llevamos

Se acostaron el uno junto al otro,

Y -me imagino- Adán no se apartó

De su bella mujer, ni rehusó Eva

Los misteriosos ritos del amor

Conyugal; dejad que los hipócritas

Hablen con rigidez de la pureza,

El lugar, la inocencia, declarando

Impuro lo que Dios declara puro"

(IV, 738-748)

en donde se aprecia claramente la opinión de Milton a cerca de los rituales de la tradición, y también sobre las prohibiciones y tabúes con los que la religión ha hipotecado las relaciones sexuales del hombre; por último, referir el caso del árbol de la ciencia, ¿que significa este símbolo? Para muchos ha sido simplemente una prueba a la fidelidad del hombre, para otros, el fruto que otorgaría el conocimiento al ser humano; el hombre, al desobedecer el mandato divino pierde todos los 'privilegios' de que disponía en el paraíso, es decir, se hace mudable y corruptible, tiene que luchar contra la adversidad y ha de procurarse el sustento, a cambio de esto obtiene conciencia sobre sí mismo y sobre su posición en el mundo, de donde hemos de suponer que antes de cometer el pecado era tan imperfecto como lo puede ser ahora, aunque por distintas causas; la imperfección del hombre tras el pecado original se basa en la ya citada corruptibilidad y en la ausencia de bondad en la naturaleza, sin embargo, antes de este pecado, su imperfección consistía en su absoluto desconocimiento de las cosas y en su falta de libertad, tanto por el hecho de ser un rehén del paraíso, como por el de no poder expresar su libre albedrío; como alguien ha dicho, Adán y Eva no eran más que un par de tristes jubilados condenados a cuidar eternamente de un jardín; otra posible digresión en torno al problema del árbol de la Ciencia es el hecho de que, en palabras de Satán, cuando la serpiente come del fruto pasa del estado psíquico del animal al del hombre, hay un salto cualitativo en su naturaleza, el animal logra el raciocinio propio del hombre, de aquí se sigue que cuando el hombre prueba el mismo fruto ha de conseguir el salto a la cualidad superior, y esto no puede ser más que el estado de los dioses; la objeción básica -y única posible- a esta idea es aducir que Satán mentía, y que la serpiente en realidad no había probado el fruto, por lo que nada se sabe acerca de las propiedades de aquel; sin embargo este es otro problema, pues lo que aquí nos importa es la idea que Milton podía sostener, y esta idea aparece claramente expresada en los siguientes versos:

"¿Y con qué fin se os prohibió?, ¿Para aterraros

Y teneros sumisos e ignorantes

Adoradores? El sabe que el día

Que comáis de este fruto, vuestros ojos,

Que parecen tan claros y están turbios,

Se abrirán y despejarán del todo,

Y seréis como dioses, conociendo

Igual que ellos lo mismo el mal que el bien."

Que seáis como dioses, ya que yo

Me he transformado interiormente en hombre,

Resulta una apropiada proporción;

Yo me convierto de bruto en humano,

Vosotros de humanos pasaréis a dioses.

Así que acaso moriréis, dejando

Lo humano para llegar a ser dioses;

Deseada muerte, aunque amenazadora,

Pues nada peor que esto ha de traeros."

(IX, 704-718)


©Jack!(n/a)

MONTAIGNE!

Foto: Jack!2007

Michel de Montaigne es uno de aquellos pensadores que merecen nuestra admiración desde el silencio de la distancia, en su castillo, entre los clásicos y observando a los hombres con la oblicuidad que la cima de su montaña y la de la propia historia le ofrece, pensando que el universo es algo más que una voluntad divina o una objetividad moderna, que es lo que la individualidad del hombre pueda ser capaz de pensar y crear y sentir; Montaigne toma como punto de partida para sus reflexiones todos aquellos temas que se le ofrecen a la mente sin despreciar ninguno sobre otro pues como él mismo asegura, cualquiera merece la atención de su interés sin importar si su conocimiento sobre la materia es suficiente o apenas superficial, ya que él se adentrará más o menos en las profundidades del río según sea su conocimiento del terreno; Montaigne fue uno de aquellos que pensaron que todo lo importante en el saber ya estaba dicho, era un gran admirador de la historia, lector empedernido de historiógrafos clásicos por lo que tal vez llegara a las conclusiones que Schopenhauer mantenía al pensar que la historia es una mera ilusión que siempre se repite, de modo que probablemente centrarse en el período clásico nos aporta una visión tan global de la historia como si tomáramos todas las etapas vividas hasta nuestros días; sus ensayos tienen la fuerza de aquello que ha sido concebido para uno mismo aunque es evidente que, en contra de sus palabras, Montaigne mostraba a sus allegados aquellos escritos conforme salían de su pluma, pero aún así carecen de la jactanciosidad y la petulancia que el escrito filosófico puede en ocasiones tener.

©Jack!

Toldees, Mondath, Arizim...

Foto: (c)2008 Encarna Quijada

Poco es lo que hasta la fecha ha llegado a mis manos de Edwar John Moreton Arax Plunkett, octavo señor de Dunsany, tan solo lo que me ha podido reportar la lectura de su obra 'Cuentos de un soñador', y bueno, solo decir que lo conocí a través de las referencias de H.P.Lovecraf, quien sentía gran admiración por él, y cuya influencia es especialmente importante en la primera etapa de aquel escritor, (ver 'The Dream-Quest of Unknown Kadath', editada el 1948). La lectura de los cuentos de Dunsany nos transporta a un especial universo que solo ha sabido imaginar este hombre y que inevitablemente nos traslada a su interior en cuanto comenzamos a desgranar las primeras líneas, pues ya el primer cuento nos habla de un a misteriosa montaña, Portalnees, la que mira al mar, con cuyo solo nombre ningún lector puede escapar al hechizo del mago Dunsany, y quien se negaría a entregarse sin ofrecer resistencia ante un comienzo semejante a este:
"Toldees, Mondath, Arizim, éstas son las tierras Interiores, las tierras cuyos centinelas, puestos en los confines, no ven el mar. Más allá, por el Este, hay un desierto que jamás turbaron los hombres, y es amarillo, manchado está por la sombra de las piedras, y la muerte yace en él como leopardo tendido al sol. Están cerradas sus fronteras; al Sur, por la mágia; al Oeste, por una montaña, y al Norte, por el grito y la cólera del viento Polar."

los nombres cobran vida en la pluma de un autor que, influenciado por el descubrimiento del arte hindú y musulmán, y sin olvidar el legado clásico occidental, nos ofrece lo mejor de su exótica imaginación, trasladándonos a lugares impensables, en medio de vastos desiertos, salpicados de minaretes de brillantes cúpulas, viajes por mares que unen países celestiales con la tierra (...)

©Jack!

GENET EXISTE

Photo: ©Jack!08

Jean Genet fue uno de los últimos de esos que llaman poetas malditos, y aún diría mas si añadiera que en realidad tal vez fue uno de los últimos grandes poetas, sin más apelativos... cuando menos nadie podrá poner en duda su sensibilidad y su fuerza pues si algo faltó en el tintero del poeta fue, a mi entender, la hipocresía y el ridículo moralismo neurótico que impregna la vida y obra de todos cuantos nos arrastramos por la decadente actual sociedad; los amantes de las fechas señalan que Jean Genet nace el 19 de diciembre de 1910 en París, hijo de padre desconocido fue abandonado de niño por su madre y fue a parar al cargo de la asistencia pública primero y después, a los ocho años, convivió con una familia de campesinos hasta que solo dos años después fuera ingresado en el reformatorio de Mettrary, acusado de robo; es después cuando se alista en la Legión Extranjera y al llegar a Libia deserta comenzando un constante deambular por las zonas portuarias de Europa, de allí a los bajos fondos y de estos, necesariamente a las cárceles, donde Genet crearía gran parte de su obra, Tánger, Marsella, Barcelona, Brest, Amberes... la entrega que desde los primeros días empleó en el mundo del vicio y el delito fue ejemplar hasta que pasados los treinta años decidió iniciar su labor en literatura con una obra que por entonces captó la atención del público menos que la crónica periodística de sus delitos criminales; apenas diez años después decidía abandonar la literatura después de legar obras cuya principal característica es, a parte de su profunda poesía, el no consentir en dejar a nadie 'indiferente', porque a Genet se le puede despreciar, pero en ningún caso ignorar; la producción literaria de este poeta maldito se puede seguir por el recorrido de sus permanencias en centros penitenciarios y cada una de las obras está impregnada de la esencia de aquellos lugares, su primera obra, 'Notre-Dame des Fleurs' nace en la prisión de Fresnes, en 1942, un año después vendría 'Le Miracle de la Rose', entre las prisiones De la Santé y Des Tourelles, su conocida obra teatral 'Haute surveillance' fue escrita en 1944 en la prisión De la Santé... valga esto como muestra, y decir tan solo que las condenas, multas y persecuciones no lo abandonaron nunca, pues siempre fue acusado de inmoral y pornográfico, aunque tuvo de su lado a intelectuales amigos como Sartre, Jean Cocteau o André Gide que en alguna ocasión consiguieron interceder por él ante las autoridades; Genet efectuó incluso alguna incursión en el mundo del cine, dirigiendo en 1950 su primer filme, 'Un Chant d'Amour' y el 1977 'La Nuit Venue"; en 1986 lo encuentran muerto en un hotel de París con las pruebas de su último manuscrito 'Un captif amoreux'; en la introducción que Genet hacía en 1956 a su obra 'Le Balcon' justificaba al poeta que aceptaba ser considerado maldito, perder su alma, como pago al precio de salvar su obra, los poetas que se niegan a dejar al mal aparecer libremente en sus creaciones son 'clavados en un firmamento abstracto, donde figuran, derrotados y desinflados, en constelaciones deformes' y se pregunta cómo amarlos si se les ha enviado tan lejos; esos poetas y todos nuestros poetas, según Genet, matan aquello a lo que pretendían dar vida, algo a lo que sin duda escapó este genial apologista de la maldad .

©Jack!

jueves, 6 de noviembre de 2008

EROSTRATO

Photo: ©Jack!08

Jean-Paul Sartre ha tenido dos formas de actuar en mí, por una parte como autor literario y por otra como filósofo, o quizás mejor decir que estas dos vertientes han sido en realidad las dos grandes formas de ver la realidad por parte de su propia filosofía que, como es sabido, puede dividirse en lo que llamaré la parte existencialista propiamente dicha, y lo que podríamos llamar la parte existencialista-comunista o como el mismo Sartre señaló: la parte del existencialismo humanista; y cabe aquí decir que aquella primera parte fue la que me cautivó en un principio, sobre todo al haber sido tomada desde la perspectiva literaria, es la que corresponde a su primera época, en la que predomina una visión individualista del universo en la que el hombre es "arrojado a la vida sin ser preguntado" y en la que el verdadero valor de una idea es aquel que sirve a la propia persona individual sin relación al resto de la sociedad, está allí aquella magnífica idea que nos asegura que toda verdad es suficientemente buena si lo es para uno mismo, o lo que es lo mismo, elevar al sujeto sobre el objeto, crear universos islas donde habita cada individuo, individuo que puede observar a los restantes universos islas donde no tienen por qué regir las mismas leyes que en el propio, el resto del mundo no tiene interés alguno para el primer existencialista sartriano que llega incluso a aborrecer al resto de la humanidad por constituir una constante fuente de corrupción de nuestro universo isla particular, léase lo que yo considero la obra cumbre de esta etapa, la narración "Erostrato" y piénsese en lo que he dicho, en una carta que Paul Hilbert, el imaginario personaje de la historia, escribe a "ciento dos escritores franceses" sintetiza algunas ideas claves, he aquí algunos fragmentos de esta carta:

"Muy señor mío: es usted célebre, y sus obras conocen tiradas de treinta mil ejemplares. Le diré por qué: porque usted ama a los hombres. Lleva usted el humanismo en la sangre. Es una suerte. Usted se siente henchido de satisfacción cuando está acompañado; le basta ver a alguno de sus semejantes, aunque no lo conozca, para sentir simpatía por él. (...) Supongo que le interesará saber lo que puede ser un hombre que no ama a los hombres. Pues bien, aquí me tiene, yo mismo, y los amo tan poco que dentro de un momento voy a matar a media docena. Tal vez se pregunte usted por qué SOLO media docena. Porque mi revolver no tiene más que seis balas. (...)"


y bueno, ya se sabe que cada cual puede hacer pensar lo que quiera a cualquier autor con solo tomar aquí y allá lo que le convenga de la obra de aquel, pero quien conozca la posición ideológica de Sartre en sus primeros años de filosofía que está sintetizada en su obra "El ser y la nada" sabrá que no se aparta de lo que yo aquí señalo, y por contra tenemos las palabras del propio Sartre ya maduro y habiendo sufrido los rigores de la gran guerra que un buen día aparece con su segundo manifiesto que pasaría a la historia con el nombre de "Crítica de la razón dialéctica", o aquella otra obrita llamada "El existencialismo es un humanismo", cuyo simple título ya nos muestra el radical giro que este buen hombre realizó con el paso de los años, presentándosenos ahora a través de otro cristal de distinto color y diciéndonos algo así como el viejo Donde dije Digo digo Diego, en pocas palabras que lo que había estado diciendo hasta entonces no había sido bien interpretado por el mundo, y que lo que él quería decir era en realidad todo lo contrario a lo dicho... en resumen, que él defendía ahora el humanismo en toda su magnitud, grandemente influido, evidentemente, por la corriente filosófica entonces más de moda, el comunismo, y aunque también yo en mis primeros pasos por el mundo de la filosofía sentí admiración por ese humanismo casi paralelo al cristianismo, ahora, mirando a través del prisma de la mente de un Erostrato moderno, la vuelta al redil marxista me parecía poco menos que insultante en boca de aquel señor francés que en su día rechazara el premio Nobel que le concedían sus amados semejantes .

©Jack!

SIETE NOCHES. BORGES

Photo: ©Jack!08

Con el título de 'Siete Noches', aparecen reunidas otras tantas conferencias que Borges ofreció en el teatro del Coliseo de Buenos Aires en 1977, los títulos y fechas de estas son los que siguen: La Divina Comedia (1 de Junio), La Pesadilla (15 de Junio), Las Mil y Una Noches (22 de Junio), El Budismo (6 de Julio), La Poesía (13 de Julio), La Cábala (26 de Julio), La Ceguera (3 de Agosto), y como puede verse, se trata de los temas que siempre han rondado la obra de Borges; el tratamiento que hace de 'La Divina Comedia' es espléndido y destaca la belleza de aquella obra, analizando aparte algunos episodios destacados; en 'La Pesadilla' aprovecha para introducirnos a Dunne, como siempre hace en sus charlas, pues el gran caudal de conocimientos hace que cualquier digresión de Borges toque los más insospechados puntos; estudia la palabra pesadilla en distintas lenguas: Alp, en alemán, Nightmare, en Inglés, la primera se relaciona con el Elfo, el demonio que inspira la pesadilla, la segunda la relaciona Borges con la 'Yegua de la Noche'; en esta conferencia entronca de alguna forma con la anterior sobre la Comedia, pues sugiere que tal vez en las pesadillas se abran grietas por las que podemos ver el infierno, o por las que pasáramos directamente a este; no puedo ahora detallar todo lo que me comunicó cada una de las siete conferencias de Borges, porque todo en ellas es interesante .

©Jack!



APUNTES DEL SUBSUELO
(Zapiski iz podpol'ya)

DOSTOYEVSKI



















Dostoyevski nos presenta, como él mismo señala, a un hombre enfermo, a un hombre despechado, a un hombre antipático; los apuntes del subsuelo están firmados por una de esas personas que no forman parte del sistema que todos siguen, uno de tantos que permanecen en la sombra, una sombra para los demás (que no saben de su existencia) y también para él (que vive en ese mundo anodino de la contemplación, acaso rabiosa, de la sociedad); en la segunda parte se describe concisamente la vida de estas personas:

"Ya entonces mi vida era sombría, desordenada y solitaria hasta la hosquedad. No tenía amigos ni conocidos, evitaba hablar con la gente y me iba acurrucando cada vez más en mi madriguera."


después de estas palabras todo lo que yo pueda decir para pretender explicar la esencia del hombre del subsuelo estará irremisiblemente condenado al ridículo.
Las descripciones de la vida en la oficina del hombre del subsuelo son suficientemente descriptivas, así como el episodio de la fiesta ofrecida a Zverkov, quien es el ejemplo del opuesto al hombre del subsuelo, el afortunado en la vida en sociedad; en este episodio nuestro hombre se contradice internamente un ciento de veces, y lo vemos claramente adentrarse en el pantanoso terreno que lo ha de revolcar en el fango, sin que podamos hacer nada por evitarlo; la forma en que se humilla a sí mismo y es humillado por los demás durante la reunión nos muestra patentemente la única relación posible entre los hombres del subsuelo y el resto de los hombres, una relación condenada de antemano al fracaso, tanto por parte de ellos, que desprecian a ese insecto insignificante que es el hombre del subsuelo, como por parte de él mismo, que se desprecia a sí mismo por ser lo que es; ante tanta humillación no le queda otra salida a nuestro hombre que devolver la misma carta como pago, pero para ello ha de encontrar a alguien más desgraciado e inestable que él... Liza, la joven prostituta le servirá para sus propósitos: primero utilizará toda su capacidad para atraerla emocionalmente hacia sí, luego, tras invitarla a su casa, se vengará en la joven de los escarnios que él ha sufrido por parte de los demás... la sociedad es más fuerte que nuestro hombre, le ha pisoteado infinidad de veces... incluso Apollon, su sirviente es superior a él, insecto inmundo, y las ridículas ordenes del supuesto amo son obedecidas sin ganas, cuando no ignoradas, y siempre entre gestos despreciativos, ahora llega la débil joven, y aquí, el hombre del subsuelo, después de ponerse en ridículo un par de veces más, rompe el muñeco de trapo que es Liza y, tras herirla como él mismo ha sido herido en multitud de ocasiones (tal vez de una forma más cruel, como solo una persona habituada a ser herida puede hacer), la deja huir de aquella casa.
En unas palabras que me recuerdan sonoramente a las ideas de Cioran leo a Dostoyevski decir para acabar:
"Hemos nacido muertos y, durante largo tiempo, no hemos sido engendrados por padres vivos, cosa que nos agrada cada vez más."

©Jack!

viernes, 24 de octubre de 2008

Ballard, What Ballard?

El concurso de la semana:

Atended, zagales y zagalas:

Poco después de las tres de la tarde del 22 de abril de 1973, un arquitecto de treinta y cinco años llamado Robert Maitland corría saliendo de Londres por el carril rápido del cruce del oeste. A seiscientos metros de la unión con el recién construido ramal de la autopista M4, cuando el Jaguar había pasado ya la velocidad límite de cien kilómetros por hora, el neumático delantero iz­quierdo reventó de pronto. Robert Maitland tuvo la sensación de que el aire golpeaba el parapeto de cemento y estallaba dentro de su propio crá­neo. Durante breves segundos antes del choque, aturdido por el impacto en la cabeza del borde cromado de la ventanilla, se aferró a los rayos del volante. El coche osciló de un lado a otro cruzando los carriles desiertos, sacudiéndole las manos como una marioneta. El neumático destro­zado trazó una raya negra en diagonal sobre las líneas blancas de marcación en la larga curva de la autopista. Fuera de control, el coche irrumpió a través de la empalizada de caballetes de madera al borde del camino, y rodó cuesta abajo por el terraplén de hierba. Treinta metros más adelante, se detuvo contra el herrumbrado chasis de un taxi volcado. Apenas lastimado por la violenta tan­gente que le había rozado la vida, Robert Maitland permaneció tendido sobre el volante, la cha­queta y los pantalones tachonados con fragmentos de parabrisas, como un traje de luces.

En esos primeros minutos, mientras se recupera­ba, Robert Maitland no pudo recordar del choque mucho más que el estallido del neumático, la osci­lación de la luz del sol en el momento en que el coche salía del túnel, y los fragmentos del pulve­rizado parabrisas que se le clavaban en la cara. La secuencia de acontecimientos violentos, que sólo había durado unos microsegundos, se había abierto y cerrado detrás de él como una válvula del infierno.

–... Dios mío... –se oyó decir Maitland, y recono­ció el débil susurro. Seguía aún con las manos apoyadas en los rayos partidos del volante, los dedos extendidos e inermes como si se los hubie­ran disecado. Apretó las palmas contra el borde del volante y se enderezó. El coche se había dete­nido en una pendiente entre las ortigas y las hier­bas altas que llegaban al borde de la ventanilla. El aplastado radiador del Jaguar escupía gotas de agua herrumbrosa y un vapor siseante salía a chorros. El motor resonaba con un rugido hueco, un sonajero mecánico y letal.

Maitland clavó los ojos en la caja de dirección bajo el panel de instrumentos, advirtiendo la pos­tura rara en que le habían quedado las piernas. Se veía los pies entre los pedales como si una misteriosa cuadrilla de demolición se los hubiera puesto allí de prisa luego de preparar el accidente. Movió las piernas y se tranquilizó al ver que retomaban la posición de costumbre, a ambos la­dos de la barra de dirección. El pedal le presiona­ba la planta del pie. Maitland ignoró la hierba y la autopista, se miró el cuerpo, e inició un cuidadoso inventario. Se tanteó los muslos y el vientre, se sacudió de la chaqueta los fragmentos del para­brisas y se apretó el tórax, tratando de averiguar si tenía algún hueso roto.

En el espejo retrovisor se examinó la cabeza. Un magullón triangular, como la hoja de una pale­ta de albañil, le marcaba la sien derecha. La frente estaba cubierta de manchas de suciedad y aceite que el estallido del parabrisas había llevado al interior del coche. Maitland se masajeó la mandí­bula cuadrada y las mejillas enjutas, tratando de dar alguna expresión a los músculos y la piel pálida. Los ojos le devolvieron la mirada desde el espejo, impertérritos e inexpresivos, como si Maitland estuviese mirando a un gemelo psicótico. ¿Por qué había conducido tan rápido? Había salido a las tres del despacho en Marylebone, in­tentando evitar el tránsito del atardecer, y con tiempo de sobra para viajar con seguridad. Recor­daba haber virado en la intersección del oeste, y haber avanzado luego hacia el túnel del paso elevado. Todavía podía oír el ruido de los neumáti­cos mientras golpeaban a lo largo del borde de cemento levantando una nube de polvo y de envol­torios de cigarrillos. Mientras el coche emergía de la bóveda del túnel, el sol de abril se había irisado en el parabrisas, cegándolo por un instante...

El cinturón de seguridad, que usaba rara vez, pendía del soporte junto al hombro de Maitland. Como él mismo admitía con franqueza, conducía invariablemente muy por encima de la velocidad límite. Una vez dentro del coche, algún gene bromista, un rasgo de osadía ancestral, se imponía a todo el resto de su carácter, generalmente caute­loso y lúcido. Y ese día, mientras corría a lo largo de la autopista, fatigado luego de tres días de reuniones y preocupado e inquieto porque iba a encontrarse con su mujer después de haber pasa­do una semana con Helen Fairfax, él mismo había dispuesto casi deliberadamente el choque, tal vez como una forma extravagante de racionalización. Sacudiendo la cabeza, Maitland golpeó el para­brisas con la mano, quitando los restos. Frente a él estaba el taxi oxidado con que había ido a chocar el Jaguar. Ocultos a medias por las ortigas, otros coches destartalados yacían alrededor, des­pojados de neumáticos y accesorios de cromo, con las puertas herrumbradas y abiertas.

Maitland salió del Jaguar y se detuvo en medio de la hierba, que le llegaba a la cintura. Al apoyar­se en el techo, la pintura recalentada le quemó la mano. El sol de la tarde caldeaba el aire estan­cado al pie del terraplén. Algunos coches atravesa­ban la autopista, los techos visibles por encima de la balaustrada. Unos surcos largos y profundos, como las incisiones de un escalpelo gigantesco, habían sido trazados por el Jaguar en la tierra apisonada del terraplén y señalaban el punto en que Maitland se había salido del camino, a unos treinta metros del túnel. Esa sección de la autopis­ta, y las vías de salida hacia el oeste del cruce elevado se habían abierto al tránsito hacía sólo dos meses, y todavía había que instalar una buena parte de la valla de contención.

Maitland se abrió paso entre las hierbas hasta llegar a la parte delantera del coche. Le bastó una ojeada para convencerse de que no podía llevarlo hasta algún camino de acceso próximo. El morro del coche estaba metido dentro de sí mismo como un rostro que se ha desmoronado. Tres de los cuatro faros estaban rotos, y la rejilla decorativa se había incrustado en el panel del radiador. A causa del impacto, los muelles de sus­pensión habían desencajado el motor, deformando la estructura del coche. El olor áspero del anticon­gelante y de la herrumbre caliente le lastimó la nariz a Maitland cuando se inclinó para examinar los guardabarros.

Un desastre total... Lo lamentó, pues el coche le gustaba. Echó a andar entre las hierbas hacia un claro de terreno entre el Jaguar y el terraplén. Era sorprendente que nadie se hubiera detenido aún para ayudarlo. Los conductores que emer­gían de la obscuridad del túnel hacia la rápida curva de la derecha a la luz del sol declinante estaban demasiado ocupados para advertir los ca­balletes caídos al lado del camino.

Maitland miró su reloj. Eran las tres y diecio­cho; habían pasado poco más de diez minutos desde el choque. Mientras caminaba entre la hier­ba, se sintió casi mareado, como alguien que aca­bara de presenciar algún acontecimiento horrible, un accidente múltiple de carretera o una ejecución pública... Había prometido a su hijo de ocho años que volvería a tiempo de ir a buscarlo a la escuela. Maitland imaginó a David en ese momento, espe­rando pacientemente a las puertas de Richmond Park, cerca del hospital militar, sin saber que su padre estaba a menos de diez kilómetros, parado junto a un coche inservible al pie del terraplén de la autopista. Irónicamente, en esa cálida tarde de primavera los mutilados de guerra estarían sen­tados en sillas de ruedas junto a la entrada del parque, como para mostrar al niño la variedad de lesiones que el padre hubiera podido sufrir. Maitland volvió al Jaguar, apartando con las manos la hierba áspera. Aun ese pequeño esfuerzo bastó para que el calor de la sangre le arrebatara la cara y el pecho. Miró alrededor por última vez, con el detenimiento de un hombre que exami­na una tierra ingrata que está a punto de abandonar para siempre. Estremecido todavía por el cho­que, empezaba ya a darse cuenta de los magullo­nes que tenía en los muslos y el pecho. El impacto lo había arrojado sobre el volante como un saco de arena roto... lo que los especialistas en seguri­dad llamaban modestamente la segunda colisión. Mientras se calmaba, se recostó contra el Jaguar; quería grabarse en la mente ese lugar de malezas silvestres y coches abandonados donde casi había perdido la vida.

Protegiéndose los ojos del sol, Maitland vio que el accidente lo había arrojado a una pequeña isla entre tres autopistas convergentes, un triángulo de unos doscientos metros de largo. El vértice de la isla apuntaba hacia el oeste, donde declinaba el sol; la luz cálida caía ahora sobre los lejanos estudios de televisión de White City. La base del triángulo era el paso que iba hacia el sur a unos veinte metros de altura sobre unos macizos pilares de cemento. Las chapas corrugadas que protegían de posibles salpicaduras a los vehículos que pasa­ban por debajo, ocultaban los cinco carriles.

Detrás de Maitland se alzaba el murallón norte de la isla, el terraplén de nueve metros de altura de la autopista del oeste, por la que había venido. Frente a él, y en el límite sur, se empinaba el terraplén del camino de tres carriles, que se curva­ba hacia el noroeste por debajo del paso elevado y se unía con la autopista en el vértice de la isla. A pesar de que no estaba a más de trescientos metros de distancia, este terraplén de hierba re­ciente parecía velado por el resplandor recalenta­do de la isla, junto a las malezas, los coches aban­donados y el equipo de construcción. El tránsito avanzaba hacia el oeste por los carriles del camino de acceso, pero los parapetos metálicos impedían que los conductores vieran la isla. Los postes altos de tres señales indicadoras se elevaban desde blo­ques de cemento construidos a un costado de la carretera.

Maitland se dio vuelta en el momento en que el autocar de una línea aérea pasaba por la auto­pista. Los pasajeros del piso superior, con destino a Zurich, Stuttgart y Estocolmo, iban rígidamente instalados en los asientos como un grupo de mani­quíes. Dos de ellos, un hombre de edad mediana que llevaba una gabardina blanca y un joven sij con la cabeza envuelta en un turbante, observaron a Maitland, y durante unos segundos lo miraron a los ojos. Maitland les devolvió la mirada y deci­dió no hacerles señas ¿Qué creerían que estaba haciendo allí? Desde el piso superior del autocar, bien podía parecer que el Jaguar estaba intacto, y quizá los viajeros suponían que Maitland era un funcionario de tránsito o un ingeniero de caminos. Por debajo del paso elevado, en el extremo este de la isla, una cerca de malla de alambre separaba el triángulo yermo del terreno próximo, un vaciadero municipal clandestino. En la sombra, bajo la arcada de cemento, había varios camiones de mudanzas destartalados, una pila de cartelones rotos, montones de neumáticos y desechos de me­tal. A unos cuatrocientos metros hacia el este del paso superior, visible a través de la cerca, estaba el centro de compras del barrio. Un autobús rojo de dos pisos daba la vuelta a una pequeña plaza, pasando frente a los toldos a rayas de las tiendas. Evidentemente, el único camino de salida eran los terraplenes. Maitland quitó del panel de instru­mentos la llave de contacto y abrió el portaequipa­jes del Jaguar. Las probabilidades de que algún vagabundo o un chatarrero encontraran el coche eran mínimas; la isla estaba separada del mundo circundante por la altura de los terraplenes en dos de los lados y por el cercado de alambre en el tercero. Los contratistas no habían iniciado to­davía la obligatoria remodelación, y el contenido original del terreno, con coches oxidados y male­zas, aún estaba intacto.

Maitland aferró la manija del maletín, e intentó sacarlo del portaequipajes: se encontró con que el esfuerzo lo mareaba. La sangre se le había reti­rado instantáneamente de la cabeza, como mante­niéndose en circulación mínima. Dejó el maletín, y se apoyó débilmente contra la tapa abierta del portaequipajes.

En los paneles lustrosos de los guardabarros traseros, se quedó mirando la imagen distorsiona­da de sí mismo. La figura alta se estiraba como un espantapájaros grotesco, y la cara pálida se desangraba sobre los contornos ondulados de la carrocería. La mueca torcida de un loco, con una oreja sobre un pedículo a quince centímetros de la cabeza.

El accidente lo había afectado más de lo que suponía. Maitland observó el contenido del portae­quipajes: el equipo de herramientas, una pila de revistas de arquitectura y una caja de cartón con media docena de botellas de vino de Borgoña blanco que le llevaba a Catherine, su mujer. Des­pués de la muerte del abuelo, el año anterior, la madre de Maitland había estado regalándole algu­nos de los vinos del viejo.

–Maitland, ahora te vendría bien un trago –se dijo en voz alta. Echó llave al portaequipajes y del asiento trasero retiró el impermeable, el som­brero y la cartera. Con el choque, algunos objetos olvidados se habían salido de debajo de los asien­tos: un tubo medio vacío de crema para el sol, recuerdo de unas vacaciones en La Grande Motte con la doctora Helen Fairfax, las pruebas de una ponencia que ella había presentado en un semina­rio pediátrico, un paquete de los cigarrillos de Catherine, que él le había escondido cuando inten­tó que ella dejase de fumar.


Con la cartera en la mano izquierda, el sombre­ro puesto y el impermeable sobre el hombro dere­cho, Maitland echó a andar hacia el terraplén. Eran las tres y treinta y uno; todavía no había pasado media hora desde el accidente.

Volvió la cabeza, mirando a la isla por última vez. La hierba, de más de un metro de alto, separa­da por los sinuosos corredores que él había abier­to mientras iba de un lado a otro alrededor del coche, ya volvía a cerrarse, ocultando casi el Ja­guar plateado. Una tenue luz amarilla se extendía sobre la isla, un resplandor desagradable que pare­cía elevarse desde la hierba, como un enjambre de insectos sobre una herida purulenta.

El motor diesel de un camión bramó bajo el paso elevado. Maitland dio la espalda a la isla, pisó el terraplén y empezó a trepar por la pen­diente. Subiría por el terraplén, haría señas a al­gún coche que pasara, y saldría de allí.

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Bien, amigos, este es el primer capítulo de un buen libro de un autor que a todos nos gusta (¿a alguien no le gusta este señor? Imposible, el mundo es perfecto, de eso no nay duda)
La pregunta es la siguiente:

* ¿A qué obra nos referimos?

A los primeros 5 acertantes les será enviada una cópia digital de la obra completa en cuestión.

Esto es parte de una especie de concurso que llevaremos a cabo periódicamente a partir de ahora... ¡a ver si leéis algo de una pu*a vez!

domingo, 24 de febrero de 2008

Elecciones en España - ¿Apetitoso menú?




























¡Hey tíos! ¿Ya sabéis que en España se nos vienen las elecciones?

Es importante pensar a quien votar.
Bueno, más que importante es un auténtico DILEMA:

Imaginaos que vais a un restaurante donde el menú de comidas es

el siguiente:

- Soufflé A La Merde
- Paté de Diarrée
- Cacá s'ecà
- Plaste de vaca


Difícil elección ¿eh?

Es más o menos lo que tenemos aquí:


1- Un partido que amenaza con volver, y al que ya tuvimos que echar a patadas.

2- Otro partido que YA está en el gobierno y que viene con no-se-que mierdas de promesas de que hará no-se-que mierdas que no-se-por qué no las ha hecho en el tiempo que lleva GOBERNANDO. ¿Es que se piensan que somos idiotas? (Mejor no hago esa pregunta en voz muy alta, no sea que obtenga la respuesta que más me asusta escuchar). Un gobierno que se atreva a PROMETER algo, estando en el poder debería ser pateado sin dudarlo un momento, porque es como si nos dijera a la cara que se mea en nuestros morros, puesto que eso que promete, si NO puede cumplirlo es una asquerosa mentira, y SI puede cumplirlo es la declaración fehaciente de que hasta ahora nos la ha estado metiendo doblada.


3- Un tercer partido (de pena), que se autodenomina:
a- De izquierdas
b- Ecologista
c- Progresista
cuando todos sabemos que está formado por una pandilla de trepas que con la excusa del "voto útil" no mueven un dedo con tal de no caer en desgracia con sus socios, para así no perder el puesto en esos sillones (y con esas pensiones) que es el verdadero objetivo de sus "políticas". Pongo políticas entre comillas puesto que en realidad son solo etiquetas (ETIQUETAS, qué gran invento ese...) para captar a los desprevenidos pardillos que el día D se dejan engatusar y les endorsan su voto creyendo que votan lo que esas etiquetas dicen representar.

  • 4- Una colección de "partidillos" entre los que se pueden englobar los nacionalistas, los regionalistas, los flipados, los desorientados, los extremistas... cuyo único afán es el Síndrome Barragán: "¡Dame Argo!", el oportunismo, la negación insensata, etc...

¡Ah! ¡Difícil elección!

Y luego te dicen que VOTES, que si no lo haces, TU VOTO IRÁ A "LOS OTROS".

A los otros...


Dándoles una patada en los mismísimos es lo que les estás diciendo si no votas.

¿Qué a los otros ni que narices?
El que no vota está diciéndoles: "Todas las opciones que me ofrecéis son una auténtica mierda, lo que habéis acabado llamando democracia es una farsa (algún patán se cree que tiene libertad de pensamiento y expresión... que analice de QUÉ le sirve esa supuesta libertad)
No nos creemos ni una sola de todas las palabras que proferís, vuestro control de los medios, vuestras manipulaciones de las emisoras de televisión...
En fín:
YO NO VOTO: SOY DE IZQUIERDAS

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LA PLAGA HUMANA

"Hubo un tiempo en que eran innumerables la tribus de hombres que vagaban por la Tierra..., la anchura de la Tierra de profundo seno. Zeus, al notarlo, apiadado, decidió con su gran prudencia aligerar la Tierra, que todo lo nutre, de hombres, excitando para ello la gran contienda ilíaca, pues habíase decidido a que el número de hombres disminuyera por medio de la muerte. Por eso se mataban los hombres en Troya, cumpliendo la voluntad de Zeus.”